Ayer
el entrenamiento de surf me regaló un toque de humildad. Tras conseguir hace
una semana uno de mis retos, la tabla me ha enseñado que no tenía todo hecho.
He tenido que volver al principio, al primer paso: el stand up. No porque fuese
incapaz de levantarme de nuevo, sino porque me había aconstumbrado a hacerlo de
un modo rápido, que me permitía controlar la tabla a posteriori gracias a la
capacidad que tengo para corregirme una vez en pie. Un autoengaño. Aunque ambas
formas me permitiesen llegar a la misma meta, a deslizarme sobre la ola, sólo
una es válida para mejorar y avanzar hacía posiciones más complicadas. En la
superficie todo vale, pero una vez nos adentremos en el mar, lo que antes nos
servía puede ahora llevarnos de una forma rápida al fondo. Y seguramente no nos
demos cuenta de que el error no fue el último movimiento, si no el primero. Así
que ayer comencé de nuevo, en la arena y en la espuma. Entrenando la seguridad
en mis pies, y en mi misma, pisando con fuerza sobre la tabla y sobre la
vida.
Decido
empezar porque decido hacerlo bien. Si quiero adentrarme lejos, en el mar y en
amor, el único camino es pisar sin dudar, desde el primer paso. Enceremos la
tabla, y surfeemos...

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