jueves, 8 de octubre de 2015

Surfear en un mar bravo no tiene nada que ver con surfear en uno tranquilo. Es como si se tratara de dos deportes diferentes. Con calma, te relajas sentada sobre la tabla, disfrutar del momento, esperas con paciencia que llegue alguna ola, la ves venir, la esperas, te tumbas y remas, remas con mucha fuerza hasta que consigues que te impulse y ya, solo te queda mirar al frente y deslizarte sobre el agua.
Sin embargo, cuando el mar se pone bravo, con bandera roja, con corrientes hacia todos los lados, la cosa cambia. Tienes que luchar, aceptar que él es quien manda. Hoy comencé con valentía, enfrentándome a las olas sin miedo; pero tras fallar muchas, tras darme golpes y agotarme por entrar y terminar arrastrada al otro lado de la playa, mi cabeza empezó a quejarse, "que mar más malo", "asi es imposible", "no hay quien disfrute"... hasta que me dí cuenta de que estaba perdiendo el sentido del surf, no estaba disfrutando. Respire, observé las olas y volví a entrar. Luche contra las que no eran buenas, deje pasar las que llenaban la arena y cogía las segundas, para pillar la marea llena y poder amortiguar el golpe... y al final, me deslizaba. No puedo controlar el mar, no puedo pretender que siempre este a mi merced, he de aprender a disfrutar de las olas buenas y las malas. El truco es siempre el mismo: no rendirse y sonreir. 

El surf es como dos deportes diferentes, y como la vida. A veces tienes que ser paciente y esperar...otras luchar sin descanso, permaneciendo atenta para saber que olas eres capaz de cabalgar hasta el final asegurándote un colchón para la caída. Arriesgar y luchar, pero con cabeza.

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